Me gusta ir a comer afuera. Me gusta no sólo disfrutar de un buen plato sino de buena compañía. Cortar con la rutina. Conocer lugares nuevos.
Me gusta comer afuera.
A veces no.
A veces en los restaurantes pasan esas cosas que hacen de una salida una verdadera experiencia olvidable. Esas COSAS QUE NO.
Entre otras:
NO a los dueños de restaurante que creen que intimidad y no ver un catzo son sinónimos. Si salgo a comer con alguien, lo menos que pretendo es verle la cara mientras le hablo. No me obligues a leer la carta en sistema braile, o alumbrarme con el celular porque a vos se te ocurrió que iluminar todo con una velita de morondanga es romántico. No quiero tener que adivinar si ese plato que me pusieron adelante es una milagna a caballo o un flan. Intimidad es otra cosa. Esto es jugar al gallito ciego. Y ya estoy un poco crecidita.
NO al mozo mosca, ese que se para cerca de la mesa y te viene a llenar el vaso cada vez que lo vaciás, o pasa a preguntar si está todo bien cada cinco mintuos. O peor aún, que hace todo eso no por exceso de amabilidad sino porque está esperando que te vayas y dejes la mesa. Y que pretende levantar el plato con eso que considera "restos", y que son las papitas noisete que te estabas reservando para el final como si fueran de oro, y por las que le sacarías los ojos -tenedor en mano- a cualquiera que se atreviera a quitártelas.
NO al mozo invisible. Ese que no aparece ni aunque le hagas señales de humo. Ese que va a buscar la coca a la fábrica norteamericana. Que cuando por fin decide mostrar su humanidad, gira la cabeza hacia tu sector, vos que estás levantando la mano como un nabo hace diez minutos para que alguien se digne a cobrarte, mientras TE MIRA POR ARRIBA se da vuelta y se va, lo que automáticamente te produce una embolia cerebral por el exceso de ira.
NO al mozo confianzudo. Vas dos veces a un mismo lugar y el mozo cree que es tu mejor amigo. Mientras intentás conversar con los que tenés alrededor hace comentarios ad hoc, sin que nadie le pregunte se pone a disertar sobre política internacional, o te relata sus vacaciones mientras te muestra una foto que tiene en su celular. Que sea amable con vos no quiere decir que tenga la necesidad de verte en sunga en las playas de Brasil.
NO a los padres que te obligan a ir a vos, pobre infeliz que odiás a todo ser humano menor de 25, o que por fin pudiste encajarle a tus hijos a la yarará de tu suegra, a un restaurante con pelotero. Si esos borregos que tenés son incapaces de portarse como seres humanos en lo que dura una comida, atalos, dales rivotril pediátrico, pero no me obligues a comer entre los gritos de otros 200 borregos, y la mezcla de olor a pata y gomaeva que inunda todo el lugar.
NO a la comida "hecha en vivo". Vengo a comer, no a estar dos horas mirando cómo un pavote revolea los huevos, las cucharas y las sartenes con las que está preparando mi alimento. Para llenarme de olor a morfi me quedo en casa y hago unos bifes sin prender el extractor.
NO a los mariachis que se te paran al lado mientras te gritan lo que sucedería si Adelita se fuera con otro. Me encantaría poder masticar sin temor a que me explotaran los tímpanos. Y la verdad es que Adelita no sólo se puede ir con otro... se puede ir bien a la mierda.
Hay muchos más NO, pero ahora los escucho a ustedes. Pasen y griten su indignación con el gremio gastronómico.
Háganlo acá, que no hay riesgo de que alguien nos termine escupiendo los ñoquis.

