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la cena está servida

Me gusta ir a comer afuera. Me gusta no sólo disfrutar de un buen plato sino de buena compañía. Cortar con la rutina. Conocer lugares nuevos.
Me gusta comer afuera.
A veces no.
A veces en los restaurantes pasan esas cosas que hacen de una salida una verdadera experiencia olvidable. Esas COSAS QUE NO. 
Entre otras: 

NO a los dueños de restaurante que creen que intimidad y no ver un catzo son sinónimos. Si salgo a comer con alguien, lo menos que pretendo es verle la cara mientras le hablo. No me obligues a leer la carta en sistema braile, o alumbrarme con el celular porque a vos se te ocurrió que iluminar todo con una velita de morondanga es romántico. No quiero tener que adivinar si ese plato que me pusieron adelante es una milagna a caballo o un flan. Intimidad es otra cosa. Esto es jugar al gallito ciego. Y ya estoy un poco crecidita.
 
NO al mozo mosca, ese que se para cerca de la mesa y te viene a llenar el vaso cada vez que lo vaciás, o pasa a preguntar si está todo bien cada cinco mintuos. O peor aún, que hace todo eso no por exceso de amabilidad sino porque está esperando que te vayas y dejes la mesa. Y que pretende levantar el plato con eso que considera "restos", y que son las papitas noisete que te estabas reservando para el final como si fueran de oro, y por las que le sacarías los ojos -tenedor en mano- a cualquiera que se atreviera a quitártelas.

NO al mozo invisible. Ese que no aparece ni aunque le hagas señales de humo. Ese que va a buscar la coca a la fábrica norteamericana. Que cuando por fin decide mostrar su humanidad, gira la cabeza hacia tu sector, vos que estás levantando la mano como un nabo hace diez minutos para que alguien se digne a cobrarte, mientras TE MIRA POR ARRIBA se da vuelta y se va, lo que automáticamente te produce una embolia cerebral por el exceso de ira. 

NO al mozo confianzudo. Vas dos veces a un mismo lugar y el mozo cree que es tu mejor amigo. Mientras intentás conversar con los que tenés alrededor hace comentarios ad hoc, sin que nadie le pregunte se pone a disertar sobre política internacional, o te relata sus vacaciones mientras te muestra una foto que tiene en su celular. Que sea amable con vos no quiere decir que tenga la necesidad de verte en sunga en las playas de Brasil.   
 
NO a los padres que te obligan a ir a vos, pobre infeliz que odiás a todo ser humano menor de 25, o que por fin pudiste encajarle a tus hijos a la yarará de tu suegra, a un restaurante con pelotero. Si esos borregos que tenés son incapaces de portarse como seres humanos en lo que dura una comida, atalos, dales rivotril pediátrico, pero no me obligues a comer entre los gritos de otros 200 borregos, y la mezcla de olor a pata y gomaeva que inunda todo el lugar.

NO a la comida "hecha en vivo". Vengo a comer, no a estar dos horas mirando cómo un pavote revolea los huevos, las cucharas y las sartenes con las que está preparando mi alimento. Para llenarme de olor a morfi me quedo en casa y hago unos bifes sin prender el extractor. 

NO a los mariachis que se te paran al lado mientras te gritan lo que sucedería si Adelita se fuera con otro. Me encantaría poder masticar sin temor a que me explotaran los tímpanos. Y la verdad es que Adelita no sólo se puede ir con otro... se puede ir bien a la mierda.

Hay muchos más NO, pero ahora los escucho a ustedes. Pasen y griten su indignación con el gremio gastronómico. 
Háganlo acá, que no hay riesgo de que alguien nos termine escupiendo los ñoquis.


canto desolado al supermercado

En lo que antes fue mercado,
y ahora es "súper" por lo grande,
se reunen los humanos
y sus vicios abundantes.

Al ingresar, oh sorpresa,
notamos algo distinto.
Al rato nos damos cuenta:
¡cambiaron todo de sitio!

Entonces sale solito
nuestro primer improperio,
ya que encontrar cada cosa
es resolver un misterio. 

En nuestra lista de compras
hay cereales, pan y arvejas.
Lo que habría que agregar,
es paciencia con las viejas.

Una de ellas, paqueta,
ahí cerca de la verdura,
aprieta toda la fruta
buscando la más madura. 

Otra sin más apuro
compara precio por precio.
Para elegir un yogurt
está dos año y medio.

Está el que abandona el chango
en el medio del pasillo,
y el que sin culpa te pega
con el suyo en los tobillos.

El carrito hemos llenado
con enorme sacrificio.
Falta llegar a la caja, 
eso sí que es un suplicio.

Parece que el Sr Coto
no sabe hacer bien las cuentas:
para atender mil personas
sólos dos cajas abiertas.

La cajera, oh personaje
de esta divina tragedia,
posnet en mano te mira
con ojos de vaca muerta.

De las filas elegimos
la que menos largo alcanza;
para darnos cuenta al rato
que es la que más lenta avanza.

Allí estarán los sujetos
que harán amargo este rato,
gente que a uno le dan ganas
de cometer asesinato.

La señora entrada en años
con la mansedad de un buey,
quiere pagar lo comprado
con doscientos pesos ley.

El hijo que hace la cola
pone cara de zoquete
porque está esperando al padre
a que el changuito replete.

El que con muchos productos
se mete en la cola rápida
merece que le regalen
de premio su propia lápida.

Y esta rima aquí termina
mientras dice a la bartola:
la vida es eso que pasa
mientras uno hace la cola.


Tercera entrega del afamado volumen "Te rimo cualquier pavada", que usted puede adquirir a un precio módico en la caja de su supermercado amigo. 
No se lo pierda!



 





the sillita gate

Trato de no discutir con mi madre. Treinta años de clases intensivas de chocar con una pared de sordera, me han enseñado que la mayor parte de las veces es preferible decir "tenés razón" o directamente hacer silencio, a gastar las energías vitales en querer hacerle entender algo a una persona que cree que su cosmovisión es la única posible. Y que los demás somos todos medios opas. 
Desde cuestiones políticas a temas tan triviales como explicar que un xilofón para un niño de 6 meses es tan divertido y tan seguro como chupar un clavo oxidado (y el niño encontraría más diversión en el clavo), llevarle la contraria en algo es una tarea titánica.
La última batalla se está desarrollando alrededor de una sillita. 

No sé de dónde sacó, mi madre, que existe una tradición familiar por la cual "cada uno tiene su sillita" (de esas que en general vienen acompañadas con mesitas ad hoc y donde los niños hacen que toman el té o pintan). 
ELLA es la que tiene sillita. Y un día, en plena adolescencia, me encajó un banquito a mí, imposible de rechazar, por estar pintado con sus propias manos. ¿Para qué catzos podía querer un banquito a los 17 años?
Mi hermano nunca supo de sillita.  Por lo que, o no es considerado parte de la familia, o la tradición hace agua por todos lados.

La cuestión es que cada vez que puede, mi madre, me dice que le va a comprar LA sillita al Chino. "Porque todos tienen su sillita".
A esta altura del relato me tiraría por la ventana con tal de no soportar la frase antedicha una sola vez más. Pero tengo deberes de madre.
Le expliqué que no tengo lugar donde poner la sillita, gracias a ella misma, que antes de esta batalla se empecinó en traer un caballito del tamaño de un pony para que el niño lo montara (el niño, con 9 meses, lloraba a mares cada vez que veía al susodicho caballito del demonio). 
Le dije que el niño no sabe cómo carajo se usa una sillita, y que se va a romper la crisma.
Le dije que una sillita sola es un embole para cualquiera, que debería tener su mesa. Y que si no me entra una sillita menos me va a entrar el jueguito completo.
Finalmente le dije que si se aparecía con una sillita en mi casa la iba a usar de madera para un asado.

Pareció entender. O me dejó creer que entendía.
Porque un domingo de estos que pasaron, fuimos a almorzar a su casa. Y cuando abrimos la puerta, en el medio del comedor, desubicada como vegetariano en Siga la vaca, ¿qué había esperándonos? Una sillita. 
No la compró, era su sillita. 
Su idea era corroborar ante los ojos del resto, los opas que no saben nada de la vida, que el niño se iba a divertir un montón con la sillita.
¿Y qué hizo el niño?
Miró la sillita, se subió a la sillita, y se balanceó hasta caer como una bolsa de nabos de la putísima sillita. 
Y con esto, ¿corroboró mi madre que el niño aún no está en esa etapa de su desarrollo que le permitiría, al menos sin matarse, seguir la tradición familiar inexistente?
¿Eh?
¿Qué creen ustedes, queridos lectores?
Al ver al niño desparramado en el piso y llorando, mi madre, toda comprensión, exclamó:
- Y claro, no sabe cómo usar la sillita... ¡porque no tiene ninguna!

Si me pego un corchazo, cualquier día de estos, no se pregunten por qué.  

oda al publicista


Oh tú que eres el obrero
del arte capitalista,
ése que con gran premura
me vende cualquier verdura.

Oh tú que a tu mente obtusa,
la esfuerzas hasta el martirio,
y le vendes al incauto
desde un auto hasta colirio.

Hoy vengo a cantarte a tí,
Oh fiel padre del anuncio,
poetizo de la promo,
hacedor de los concursos;

Hoy vengo a cantarte a tí,
y de rimas hice un curso,
porque en tu prosa me veo,
y es horrendo tu discurso.

Pues me pintas cual esclava,
para vender lavandina.
Soy una sierva inliberta
de la Señora Cocina.

Pero si de Axe se trata
sólo soy un par de tetas,
un culo de dimensiones,
con cerebro de mamerta.

¿Acaso no sabes tú,
y tus otros camaradas
que mi sangre es bermellón,
rubí, roja o escarlata?

¿O es que acaso te confundes
ya entre todos los avisos,
y te crees que en mi útero
hay ríos de limpiapisos?

¿Por qué de mis tripas haces
un problema, un lamento,
encadenando mi suerte
al puto tránsito lento?

Músculos firmes, piel tersa,
sin rastros de grasitud;
y si soy vieja y me pisho,
¡llegó la "maduritud"!

Esa palabra oh creativo
no existe en el español.
Quizás sea un concepto nuevo
de tu idioma, el "menstruñol".

Lo que es yo, hablo castizo,
digo las cosas de frente:
tus avisos me dan asco,
me hacen querer matar gente.

Pues me tratas de boluda,
o de carne al matadero,
y pa’ que lave la ropa
Axel me canta un bolero.

No sé de dónde saliste,
si tienes madre o hermana,
pues para tí las mujeres
son todas pelafustanas.

Pero de algo estoy segura
Creativo Publicitario,
si llegas a ser mujer
me rebano los ovarios.


Esta pieza poética es la segunda incluida en el libro "Te rimo cualquier pavada", de próxima aparición en todos los kioskos de diarios de Paternal. Pídalo a su canillita amigo ya mismo!

de la corección en los espacios públicos

Por qué habría que instalar el rifle sanitario como medida de paz social

En alguna oportunidad escribí sobre el uso del celular en espectáculos públicos. Eso fue hace dos años (nos vamos poniendo viejos).
Fui víctima de imberbes escuchadores de música por los parlantes del celular en el colectivo, de gente "transmitiendo" un recital por teléfono, de gente que saca fotos con sus aparatitos en cualquier lugar y situación, del típico ringtone en el medio de una obra de teatro, pero lo que me pasó el sábado no me pasó jamás.

Estábamos en el cine y a dos filas de nosotros había una señora bastante mayor, acompañada únicamente por un balde de pochoclos que le darían diabetes instantánea (o un ataque de presión de ser salados) a cualquier ser humano medio.
La señora llegó tarde, seguramente porque se había entretenido comprando la tonelada de pochoclos. Además del consabido balde llevaba cartera, bolsa de cartón y una bebida de esas que le servirían de pileta olímpica a la enana Noelia. No sabemos si pretendía pernoctar en la sala de cine o qué catzos.
Decía que la señora llegó tarde, cargando cuatroscientas cosas, hecho que sumado a su edad no ayudaban en el mantenimiento del equilibrio de su masa corporal. Masa corporal con la que embistió a unos cinco o seis incautos, sentados hacía rato, hasta llegar a su asiento en el centro de la fila -como no podía ser de otra manera-. 
Vamos a dejar de lado que la señora tardó en acomodar sus carnes unos cinco minutos. Lo único que podíamos visualizar desde nuestro asiento era su cabecita y sus brazos moviéndose frenéticamente como si bailara alla Mick Jagger. 
Vamos a dejar de lado los ruidos de bolsa, deglución de pochoclo y el acomodamiento excesivo de vaso en el apoyabrazos, porque la distancia nos amparaba. Nuestro más sentido pésame a los compañeros de fila de la mujer.
Lo que no podemos pasar por alto, y no hay científico galardonado con el premio Nobel a las neurociencias que me lo pueda explicar, es en qué configuración mental cabe la posibilidad de que a la señora le pareciera de lo más normal:
- tener el celular prendido
- tener el ringtone de su celular a todo volumen
- no saber en qué porción de ese universo que consitutían sus cosas había dejado el aparato, por lo que tardó dos minutos en encontrarlo (mientras el celular seguía sonando)
- y una vez encontrado el susodicho aparato del demonio no sólo atender al imbécil que estaba llamando sin parar sino
PONERSE A CONTARLE LO QUE ESTABA PASANDO EN LA PELÍCULA.

Dicho sea de paso. La vieja no sólo se puso a narrarle la trama a su interlocutor al grito de "seh, la estoy viendo, ella le mete los cuernos con el vampiro", sino que hizo oídos sordos a los reclamos y proclamas del resto del auditorio y terminó su conversación como si hubiese estado sentada en el living de su casa comentando la novela mexicana de las 4.

Increíble, pero real.

saca la mano, Antonio!

El automóvil es uno de esos espacios en los que los límites entre lo público y lo privado están definidos por la transparencia del vidrio de una ventanilla. Debido a esta precariedad sucede que en el 90% de los casos los viajantes OLVIDAN que cualquiera puede ver lo que están haciendo adentro del auto, por más polarizado que tengan (y la mitad no se percató que el parabrisas es SIEMPRE transparente).
Esto nos lleva a la consabida situación de estar parado en un semáforo y al girar la cabeza desprevinademente tener que presenciar la maniobra sacamocos del taxista detenido a nuestro lado, que intenta obtener petróleo del interior de sus fosas nasales. 
¿Por qué? Por quéeeeeee.
¿Por qué es tan popular entre los automovilistas este tipo de actividad inmunda? ¿No tuvieron una madre que les pegara en la mano al grito de "sacate los dedos de ahí, pedazo de cerdo"? ¿O es justamente por eso que a esta altura de sus vidas no pueden refrenar las ganas de meterse el dedo índice en la nariz hasta tocarse el cerebro?
Los estamos viendo, señores. Y dan asco.
Por lo menos dedíquense a bailar coreografías ridículas, cantar Wachiturros a los gritos, mirarse los dientes en el espejito retrovisor en busca de un perejil indiscreto, rascarse la cabeza cual pequeño de jardín atestado de piojos, o cosas semejantes. Cosas que nos pueden dar vergüenza ajena, pena, o gracia... pero por el chiripá de Budah, ¡sacate los dedos de ahí, pedazo de cerdo! 
Muchas gracias.

en esta puta ciudad

Una cosa es ser pacífica y esta en contra de cualquier tipo de violencia y otra es que me trates de pelotuda. Te lo digo a vos, habitante de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores, que te defecas en todas las normas mínimas de convivencia, y andas por la vida incumpliendo cuanta ley hay escrita en los códigos municipales, nacionales y universales con tu mejor cara de boludo, sin que te importe un pito si con tu actitud estás haciéndole la vida miserable a los pobres seres humanos que tienen la mala fortuna de cruzarse con tu persona (o eso que eres). 
Te hablo a vos, pedazo de desperdicio social, que no sólo tenés el tupé de hacer lo que se te canta la real gana sino que además, cuando alguien indica tu falta de respeto hacia la raza humana eres capaz de indignarte y discutir lo indiscutible.
A vos, hoy te quiero comentar un par de cositas.
1. Esas rayas blancas y negras que ves pintadas en las esquinas no son un capricho fashion del ministro de planemiento urbano al que le gusta el animal print. Se llaman sendas peatonales. Y como su nombre lo indica son caminos/senderos/vías demarcadas para que los peatones/gente de a pie/esos pelotudos que olvidas que existen cuando te subes al auto puedan cruzar la calle.
2. Cuando un peatón desea cruzar la calle y en la susodicha calle no hay semáforo hay una regla que se denomina "el peatón tiene prioridad de paso". Esto quiere decir que ese pobre imbécil que está parado en la esquina NO tiene que esperar a que vos pases con tu automovil/colectivo/taxi/camioneta a docientos kilómetros por hora mientras se encomienda a Dios para que no te lo lleves puesto sino exactamente al revés. Sos vos el que debe parar y esperar a que el pobre diablo cruce la calle (mientras se encomienda a Dios para que el que viene detrás tuyo no lo levante como mierda en pala). No me importa si estás apurado, si se te encarnó la uña del dedo gordo del pie y no sentís bien el freno. Si me ves en la esquina pará y esperá que pase.
Que tenga que esperar varios minutos para cruzar la calle porque no hay una sola persona que se digne a cumplir con la ley no sólo me incita a salir con un bate de beisbol a pegarle en la carrocería a cuanto imbécil me cruce, sino que me tienta a pararme delante del tráfico y que me tengas que pagar por buena. 
3. Por otro lado, la senda peatonal NO es un espacio de estacionamiento.  Si ves que el semáforo va a cambiar antes de que puedas cruzar la calle, no aceleres. Y tampoco te enojes si te puteo en todos los idiomas que conozco porque tengo que hacer malabares para pasar entre tu paragolpes y el del estúpido que viene atrás tuyo (que se te pegó, porque es estúpido) intentando no perder una pierna en el proceso. 

4. Y por último, si eres peatón y se te ocurre que cualquier tramo de la vereda es apto para cruzar, no sólo eres de la misma calaña que el cretino del que hablé anteriormente, sino que mereces que ese mismo energúmeno que viene a ciento veinte por una calle de barrio te haga dar tres vueltas mortales en el aire y te revientes el cerebro en el cordón de la vereda (total, para lo que lo usás).

Y en este mismo acto, quisiera agradecer al benemérito y nunca bien ponderado jefe de la ciudad de buenos aires que no sólo ha decidido que es muy divertido cambiar el sentido de la mitad de las calles de la ciudad, sino que en ese mismo proceso hizo que cruzar la calle en ciertas esquinas sea literalmente imposible (por falta de sendas, porque los semáforos se contradicen entre sí, etc.)
Gracias, no veo la hora de sorprenderme con cuatro años más de "gestión".

Estoy en contra de la violencia, pero no me busquen.

 






   

juntos, y también mezclados

Pocas cosas me ponen tan de mal humor como ir a comer afuera y que me traigan una ensalada mal servida
En principio me pone de mal humor comer ensalada porque, a no ser que se trate de esas super mezclas con  muchos ingredientes -de los denominados "sanos" y de los otros-, pedir ensalada quiere decir dos cosas: o que no me estoy atorando con un buen plato de comida suculenta porque debo cuidar mi estómago o mi figura (que ya no tiene remedio, pero qué va, a veces me agarra). O bien, estoy comiendo ensalada porque en el menú del lugar a donde he ido a parar no hay ningún plato que me guste. (Suele pasar. Piense el lector que la que suscribe no come carne.)
Sumado a este incipiente malestar, entonces, me salta la tapa de los cesos cuando el mozo, todo devoción por su tan loable tarea (?), arroja sobre la mesa un plato, playo, en el que se amontonan trozos de verduras y demás ingredientes como en una montaña. Ingredientes cortados con una sierra hidraúlica -porque de otra manera no se entiende por qué tienen semejante tamaño- y secos. Porque el adherezo viene aparte.
Señores encargados de servirnos, culinariamente hablando: hay algo que se llama en-sa-la-de-ra. Lo digo despacio porque quizás en las escuelas de comida gourmet no enseñan estas cosas y les puede sonar extraño.
La en-sa-la-de-ra sirve, oh casualidad, para meterle ensalada adentro. Por decirlo delicádamente.
Existiendo semejante producto del ingenio humano, me pueden decir entonces ¿por qué caracho me traen la ensalada en un plato playo? 
Un plato que rápidamente pierde su equilibrio interno, por ejemplo al intentar mezlcar su contenido, y se convierte en un campo de batalla donde los muertos caen al precipicio por los costados.
Y díganme, ya que estamos, ¿tanto les cuesta cortar los ingredientes de manera que me los pueda introducir en las fauces? Un tomate cortado en cuatro NO es apto para ensaladas. La palta en forma de abaniquito queda muy hermosa ahí recostada en el borde, pero cuando uno la mezcla se mantiene como un trozo único que nos llevará un bocado finiquitar.
El concepto básico de ensalada es: cosas pequeñas a ser mezcladas y adherezadas con algún menjunge, en un recipiente apto a tal fin. Cada porción de la misma debería ser - pars pro toto- en teoría, una muestra del todo. El abanico de palta, que me engullo en una sola vez,  por ejemplo, no cumple con este último requisito. 
Nada de decoraciones ostentosas, rosas de melón o  Kilimanjaros de zanahoria. Si pido una ensalada, por las faldas de Fortuna, tráiganme una en-sa-la-da.
O sufrirán las consecuencias.
Muchas gracias.

Odol pregunta (y contestá, o te bajo los dientes)

La convivencia a veces puede ser pantanosa. No, no quise decir espantosa y se me mezclaron las letras. Digo pantanosa, porque hay momentos de la vida compartida con otro en los que toda la buena voluntad, el amor, el diálogo o las pocas ganas de soportar su cara de culo no son suficientes, y una decisión se convierte en un callejón sin salida. No hablo de grandes elecciones como la compra de un inmueble, las vacaciones, o el tipo de educación que la vas a dar al pobre vástago que está en tu vientre; hablo de cosas tan insulsas como: ¿qué comemos?, ¿a dónde vamos?, o ¿cine o película en casa?
Y frente a estas situaciones cotidianas, repetidas hasta el hartazgo, hay una frase, un conjunto de palabras que me hace hervir la sangre y que podría considerar la peor frase de la historia de la humanidad -bueh, más o menos-. Es el famoso "Lo que quieras, me da lo mismo".
Una frase que generalmente viene acompañada de una postura corporal ad hoc, que podría denominarse la posición del potus ibéricus.
Veamos.
Situacion 1:
Sábado a la tarde. A se dirige a B, que está desparramado en el sillón del comedor.
A: - ¿Querés ir a caminar por el Jardín Japonés o nos quedamos mirando tele?
B, utilizando la menor cantidad de músculos corporales posibles: - Como vos quieras, me da lo mismo.
Por la frase A puede colejir que al susodicho le da igual cualquier opción. Pero no hace falta ser profesor de neurolingüística para darse cuenta de que el sólo esfuerzo al realizar su respuesta ya le produjo calambres. Entonces, ¿le da lo mismo?
Esta situación, me dirán, se puede arreglar fácilmente: que A haga lo que se le cante y si al otro no le gusta que se embrome por no decir nada. Ok. Por ahora sigamos. 
Evaluemos la siguiente situación. 
Situación 2:
Novia a Novio más o menos reciente: -El sabádo es la fiesta de comunión de mi hermanito en Plumas Verdes (léase: la concha de la lora) ¿Querés venir?
Novio, con cara de potus ibéricus: -No sé. Como vos quieras.
¿Decime qué catzos quiere decir eso? Si no quisiera que vengas no te invito. Entonces, si te pregunto es porque quiero, lo que estoy intentando saber es qué querés hacer vos. No yo. Yo ya me conozco. 
¿Se entiende por qué esta respuesta me hace estallar la vena de la sien cual petardo ilegal? Justamente porque NO es una respuesta.
Un día podés estar sin ganas de decidir. Ok. Pero no siempre.
No te puede dar lo mismo comer mondongo que sushi Rulo. No te puede dar igual ir al cine con unos amigos que acompañar a tu sobrinita adolescente al recital de Ricardo Arjona.
A mí no me mientas Rulo. No te-da-lo-mis-mo.  
¿Entonces? ¿Pensás que dejando la decisión en mis manos me dejás contenta y evitás un posible conflicto?
Lamento decirte Rulo, que estás equivocado.  Que lo único que me provocás con la posición del potus ibéricus es ganas infinitas de arrancarte los pelos de las cejas con los dientes (?).
Porque si quisiera vivir con un ente sin voluntad que me acompañara en cualquier decisión sin decir palabra, me hubiese comprado un Tamagochi. 
A mí no me da lo mismo lo que quieras hacer o te guste. Por eso pregunto. Alguna pizca de voluntad te debe quedar.  O te convertiste en un potus y no me di cuenta.
La próxima vez contestame Rulo, o voy a empezar a regarte todas las mañanas. 


Nota final, para todos los Rulos del mundo: Se vienen las fiestas. Se van a tener que enfrentar a la gran pregunta: ¿la pasamos con tu familia o con la mía?
¿Qué van a contestar? ¿Les da lo mismo?
Vayan preparando la respuesta.

obra, y no de arte

Hace dos días que me despierto y lo primero que contemplo es la raya del culo de Rulo, el electricista/pintor/plomero/yloquegustemandar.
Que al café con leche le aderezo polvillo naranja en lugar de azúcar.
Que escucho palabras irreconciliables con la lengua castellana como "broca de 15". 
Que ando con el trapito y la escoba borrando huellas de suela Febo del parquet. 
Inútilmente, porque todo permanece ro-ño-so.
Hace dos días, que deberían haber sido "un par de horitas".

Elevo una plegaria a Fortuna, para que me brinde la paz interior que me hace falta.
O en cualquier momento a Rulo le prendo fuego la peluca.

Nos enyoguisamos.
Ommmmmmmmmmm....

el embarazo es una de las etapas más maravillosas que una mujer puede padecer

No hablo mucho del tema porque siempre me aburrieron las mujeres que se convierten mágicamente en conductoras de programas pedorros de Utilísima (llámense éstos “Mi bebé” o “Hablemos como taradas ahora que somos madres”) porque están embarazadas, o tuvieron un niñx. Sin embargo, en estos 7 meses hay algunas reflexiones que me gustaría dejar sentadas (para que no se cansen, no sabés cómo se nos hinchan los pies.)
- Palabras como calostro y mecoño seguirán siendo aberraciones del idioma, y no pienso repetirlas cada dos minutos a partir de ahora.
- Nunca supe pronunciar bien “puerperio”. Otra palabra horrenda.  
- No te enojes, oh madre con experiencia, si estoy poco dispuesta a discutir el estado de mis pezones con el resto del planeta. No quiero que hables de mis pezones. Me basta con estar obligada a ver los tuyos mientras intento comer una milanga con fritas, porque no puedes refrenar la llamada de la naturaleza y sacas la teta como un resorte cada vez que tu hijx llora.
- Cuando me veas, oh destructor de mi burbuja de intimidad, no extiendas tu mano para tocar mi barriga como si ésta fuera la lámpara de Aladino. Si no lo hacías antes, no veo por qué consideras que mi cuerpo se ha convertido en res púbica. (Lo de res te lo entiendo, el resto no).
Digo yo, si gestáramos los niños en el trasero, ¿resulta que de golpe todos nos empezarían a tocar el culo sin permiso?
- Decime Rulo, ¿qué catzos puede tener un cochecito para bebé para que salga dos millones de pesos? ¿Le va haciendo masajes al niño para que no se estrese? ¿Le canta canciones de cuna?
Y ¿por qué los hacen de semejante tamaño? ¿Algún experto diseñador vio el estado calamitoso de las calles en las que debemos transitar? El mismo experto diseñador, ¿trató de subirse a un bondi sujetando a un bebé en una mano (intentando que no se le rompa) y con semejante mamotreto en la otra? ¿Y dónde carajo se metió las monedas para poner en la maquinita? ¿En la boca?
- La ecografía 4D no es para mí. He recibido los más calurosos elogios sobre la misma. La supuesta ventaja que más me han comentado no es médica, es de carácter ansioso: podés ver las facciones de tu hijx antes de que nazca. (Oh, qué haríamos sin los avances de la ciencia).
Eso si dejás de lado que entre las facciones de tu hijo se encuentran una serie de protuberancias anaranjadas que lo hacen parecer más a un Bob Esponja con exceso de cama solar, que a un ser humano.
- El avispado que a esta etapa le puso dulce espera era varón.
De otra forma no se entiende cómo una persona en sus cabales puede definir así a una etapa en la que te la pasás los primeros tres meses vomitando, durmiéndote  en todos lados, con la boca de Moria Casán (porque te salieron herpes por primera vez en la vida) y las tetas de Isabel Sarli, e intentando no caerte desmayada de los mareos.
Los segundos tres meses, visiblemente rechoncha pero con una panza que no se sabe bien si es por exceso de ravioles o qué, lo que te convierte en una gordita desubicada que llora por cualquier cosa y pretende que le den el asiento en los transportes públicos.
Y los últimos tres meses, caminando como un pato camorrero, cansándote hasta de respirar, las piernas hinchadas, el estómago comprimido (pero seguís con hambre), sin dormir ni dejar dormir, y cruzando los dedos para que al chico no se le ocurra querer salir en el momento menos oportuno. Eso, si tuviste suerte y no te salieron hemorroides.
 

Nota final para las almas sensibles:
La que suscribe también podría listar todas las cosas bellas, emocionantes, lacrimosas y sumamente extrañas de estar embarazada (porque debe haber pocas experiencias más surrealistas que sentir que hay algo vivo moviéndose en tu panza).
Pero las hormonas me tienen así: belicosa. Y si no te gusta, andá a leer mundomamita.com y que te garúe finito.

con todo respeto

Lunes.
Abrís los mails, y lo primero que ves es un asunto con la palabra "urgente" escrita dos veces, adornada con unos cuantos signos de exclamación y toda en mayúsculas.
Contestás, porque muchas opciones no te quedan... aunque, si pudieras, hoy mandarías a todos a la canastilla del palo mayor o nido de cuervos, de un navío a velas.

Cantemos juntos...

sonría, lo están votando

Escucho en la radio que los jefes de famoso locutor pusieron a consideración de la audiencia si le renovaban el contrato al susodicho famoso locutor (una onda plebiscito laboral.) La gente votó a favor de famoso locutor, que graciadió no se quedó en Pampa y la via.

Lo que yo me pregunto es: ¿cuántos empleados resistirían un plebiscito de sus clientes? 
Pensemos por ejemplo en:

1. La minita vendedora de ropa que ya te mira mal cuando esntrás al local (como si vinieras a molestarla, a ella que estaba tan tranquila mirando como le crecían las cutículas), te lleva al probador lo que se le canta y/o te dice qué bien te queda ese pantalón por el que te rebalsa la carnaza por todos lados, con el único fin de no ir a buscar otro.

2. El colectivero que no te devuelve el saludo y/o te mira con cara de culo y/o te aplasta con la puerta al grito de "arriba, arriba", y/o arranca cuando aún estás colgado del cañito exterior del bondi (mientras los transeúntes te saludan al grito de "barrilete cómico") y/o ni se digna a detenerse en la parada.

3. El kioskero que nunca tiene monedas para el bondi (un día vas a necesitar llegar al hospital de urgencia por exceso de hijoputez en sangre y ¿sabés quién te va a llevar? ¡Mongo te va a llevar!)

4. La empleada pública que le hace un tributo a Gasalla todos los días de du vida. Atráaaas.

5. El taxista que te pasea por toda la capital para hacer un recorrido que tranquilamente podría haber hecho en cuatro cuadras, y/o que fuma Particulares o 43-70 con un fanatismo tal que podríamos pensar que con tal cantidad de humo está creando otro efecto invernadero, y/o no se digna a detenerse cuando lo parás y/o come mandarina y escupe las semillas por la ventana como si tal cosa.

6. Los telefonista de atención al cliente de casi cualquier empresa a los que nunca le explicaron cuál es el significado del concepto "atención al cliente". 

Y así.
Usted, ¿a qué tipo de empleado le podría su voto no positivo? 

el avivado de la cola

En el ecosistema supermercadil, hay un ser aún más delesnable que esa cajera de uñas esculpidas que parece estar haciéndonos un favor al pasar los productos por la lucecita roja.  Mucho peor aún que la vieja de la cola
Es un personaje que genera la ira del resto, simplemente porque con su actitud les está gritando a todos que son una manga de estúpidos. Hablo de ese ser horrendo que llega a la cola de la caja con el chango medio vacío, no porque carezca de recursos para comprar comida, sino porque se dedicará a llenarlo in situ.
Es el avivado de la cola.
Suelen trabajar en equipo, como los ladrones de banco (?), y muchas veces utilizan a niños para realizar sus sucias artimañas, consistentes en salir corriendo cual participantes de programa de TV de bajo presupuesto a llenar el chango con los productos que traen en su lista mientras la cola avanza lentamente (siempre lentamente) hacia la cajera de uñas esculpidas y cara de orto.
El que queda en la cola o campana, deberá soportar la mirada asesina del resto de los presentes, que empuñando frascos de desodorante, estarán dipuestos a usarlos a modo de proyectil ni bien se les dé la oportunidad. El susodicho le marcará el tiempo al comprador, avisándole con señas cómo va la cola.
Pero, aún si se encuentran solos, los avivados de la cola no tienen empacho en dejar el chango a cuidado de cualquier mamerto (por ejemplo la que suscribe)  con la excusa de que "se olvidaron una cosita" para luego desaparecer durantes varios minutos y volver con las manos repletas de cosas (y volverse a ir, y así sucesivamente, ante la mirada atónita del mamerto en cuestión.)
Por eso, desde este humilde espacio, proponemos echar a patadas en los tobillos de la cola del supermercado a todo ser humano que, habiéndose ubicado en ella con intención de pagar, salga a buscar nuevos productos. Si entraste en la cola te quedás, y soportás el calvario junto con el resto de los mortales que estamos dejando la vida en esta amansadora. 
Eso, o te romperemos la crisma a canastazos de plástico.
Se ha dicho.  

violencias

No salgo de mi indignación. Y no es pacatería ni falta de ojo estético. No me vengan ahora con el concepto de obra de arte, porque esto no tiene nada de arte, y sí mucho de declaración de principios.
Y quiero salir de mi indiganción y de mi bronca para decir las cosas claras. Porque de ciertos temas hay que hablar sin pelos en la lengua. 
Porque hay que decir, cada días más fuerte y más claro, que la violencia nace de la desigualdad. Y si nos llenamos la boca hablando de la cantidad de violencia que nos rodea, tendríamos que preguntarnos qué hacemos para eliminar la desigualdad, o para fomentarla. Desigualdad que quiere decir no ser respetados, no poder acceder a una escuela, a un hospital en condiciones. Ser iguales si queremos trabajar, besarnos por la calle, casarnos con el que se nos antoje, tener un hijo o no tenerlo.
Hay que seguir precisando que un golpe, un insulto y una amenaza son violencia, y punto.
Hay que repetir hasta que no tengamos más voz, y entonces habrá que escribirlo en las paredes, que nadie tiene derecho a ser violento con el otro. Ni un jefe, ni un maestro, ni una pareja.
Que los celos no tienen nada que ver con la violencia. 
Y que el amor es exactamente lo contrario.
Habrá que grabárselo en la frente: si te pega, si te insulta, si te amenaza, no sólo no te quiere, andá a denunciarlo.
Quizás a alguno le parezca una reacción exagerada, pero no. No, porque mueren demasiadas mujeres por casos de violencia. Y porque hay muchas, demasiadas mujeres que viven aterradas, escondidas, encarceladas en su propia casa. 
Me enojo porque todos los días hay tanta gente que trabaja con tan pocos recursos para evitar que estas cosas se repitan. Tanta gente a la que no les alcanza ni el tiempo ni el dinero para solventar campañas enormes, pero que sin embargo siguen ahí, ayudando, enseñando, superando el miedo, luchando contra instituciones medievales, intentando cambiarlas.
Tanta gente, para que una mujer salga ensangrentada en la tapa de una revista, como si esa imagen fuera inocente y lisa.
Déjenme decirles que la desigualdad también es simbólica. Que ese cuerpo, está ahí para banalizar una situación tan grave que lleva a miles de mujeres a la muerte. 
Tanto esfuerzo para que en todos los programas habidos y por haber, se digan barbaridades como "le gusta que la caguen a trompadas", que se termine justificando al violento.  Que todo se desdibuje, se pierda, se convierta en basura.
Entonces habrá que seguir diciendo. Porque vivimos en un país en el que un señor que trata a una mujer como una cosa, y también un poco menos que eso, es el más exitoso. Vivimos en un país en el que un pueblo salió a la calle a defender a tres violadores. Un país en el que hoy, la imagen una mujer ensangrentada, la imagen de una violencia, vende miles de revistas.  

parirás con dolor... y comerás sólo lo que te haga bien

Haciendo gala, una vez más, de un gusto exquisito para la realización de publicidades, el yogurt que quiere acabar con el tránsito lento nos presenta una nueva pieza del ingenio humano. Esta vez, no nos compara con globos que se desinflan; ni hay un marido que, tan bondadoso y magnánimo, aprueba la inclusión del consabido brebaje en el prespuesto familiar, aún en tiempos de crisis. 
Esta vez se nos presenta una duda, cuasi existencial. No porque el activa intestinos venga a abrir interrogantes filosóficos, sino por lo que esa pregunta esconde. Vos, ¿comés yogurt porque te gusta o porque te hace bien?
La publicidad, y el protagonista responden: vos sos mujer, lo comés porque te hace bien
¿WTF?
Yo, a esto, lo llamo el síndrome de la sufridita
La sufridita aprendió de la madre o de la abuela, o lo leyó en la Paratí, que las mujeres han sido hechas para aguantar (el dolor de parir, el dolor de hacer cuatromillones de abdominales para tener la panza chata, el dolor de la depilación, el dolor de ovarios, y así), porque el aguante nos conducirá a la eterna felicidad (?).
La sufridita, entonces, mira el placer propio y ajeno desde la culpa, la recriminación o desde el miedo de no estar haciendo las cosas como "se deben". No concibe el disfrute sin peros, y suele ser de aquellas que hacen balances: si hay algo que gusta mucho, entonces debe ser mitigado. Torta de chocolate pero con coca light, sexo pero siempre con amor. Como si el placer por el placer mismo fuera pecado. 
La chica de la publicidad comería el yogurt sólo porque le hace bien, aunque tenga gusto a caca (como el 90% de los alimentos que hacen bien, no engordan, etc). 
Él está ahí para decirnos que en realidad el yogurt no tiene gusto a caca. Porque él  sí puede disfrutarlo: sin pensar en el tránsito lento (porque parece que ningún hombre del planeta tiene estreñimiento), en la panza chata o en lo que sea. Él se lo toma, y punto.
Un verdadero bienaventurado. 


ah, era eso?

Hay un malón de hormonas jugando al tobogán entre la cabeza y los pies, 
lloro como una desquiciada por cualquier cosa, 
me siento un globo de helio a punto de reventar, 
relleno mágicamente los corpiños de mi abuela que tiene 120 de busto,
me duele la cintura, y hay un hamster que se ensaña con mi cerebro,
paso del amor al odio en diez segundos, y en el medio lloro de angustia, o de alegría.
Puedo parecer demente, pero no soy estúpida.
Por lo tanto, señores de Tafirol Mujer, limítense a amedrentar mis contracciones uterinas con su analgésico, del resto me encargo yo, que sé perfectamente lo que me pasa.



por fin una buena? dónde?

Ya dije que soy enemiga de la violencia, pero hay cosas que superan mi pacifismo y despiertan mis peores características animales. De solo verlas me empieza a germinar el poroto asesino, se me enrojecen los globos oculares y me sale espumita por la boca. Los objetos de mi aversión son variados, pero debo reconocer que la TV se lleva los primeros puestos. 
Por eso, agrego a las etiquetas una denominada "pasame la antirábica" (soy tan mala etiquetando que merecería una mención honorífica), y hoy quiero exteriorizar mi encono hacia el estereotipo de marido imbécil y machista que se dedican a propalar ciertas publicidades, en especial dos de ellas, protagonizadas por el mismo actor (que no tiene la culpa pero que abofetearía si pudiera... además su cara es muy abofeteable).
Hablo de Rizzuti que debe decidir si viajar a ver el mundial o quedarse a presenciar el nacimiento de su primer hijo, y el marido de la publicidad de una tarjeta de crédito que hace comentarios supuestamente graciosos sobre las actividades de su mujer.
Y aún peor que soportar este dechado de ingenio publicitario, es escuchar los comentarios aprobatorios de conocidos, compañeros y demás humanos con los que me relaciono.
Como si el espectáculo de un tipo llano, por no decir bestia, y una mujer poco más que retardada fuera algo para aplaudir.
No me hagan crecer el enano asesino. Por favor se los pido. Yo quiero sembrar la paz, ¡pero así no se puede!   

la perra que los parió

Tengo dos canes, o mejor, tengo dos cuasicanes (dado que por su tamaño podrían ser confundidos tranquilamente con ratas obesas). Esto significa que, en algún momento de borrachera, locura y/o estupidez, decidí aceptar la responsabilidad de cuidar a dos criaturas cuya vida depende de que mis momentos de borrachera, locura y/o estupidez sean escasos.
Una de las caracteristicas propias de todo animalito de dios, es que el susodicho se alimenta, y por ende, como consecuencia del buen funcionamiento de su aparato digestivo, excreta aquél alimento que no necesita. En criollo, estaríamos afirmando sin ningún lugar a dudas, que los susodichos animalitos mean, y cagan. Cosas dificiles de recordar cuando uno está borracho, es loco o es estúpido. Lo que, en  la ciudad de Buenos Aires, parece suceder con demasiada frecuencia.
Si no, quisiera saber por qué razón uno no puede caminar por las veredas (ya de por sí hechas añicos gracias a la disfución de nuestros funcionarios públicos) sin tener que andar esquivando montañas de bosta. 
Por ello, querido poseedor de perro y afines: si tuviste el tupé de pensar que eras capaz de criar a un ser vivo, haceme el favor, y responsabilizate por su mierda, que estricto sensu, es también la tuya. Llevá una bolsita, y como hacemos las personas responsables, hacé desaparacer dentro el producto digestivo de tu animalito.   
Y si sos tan retardado social de tener un labrador encerrado en un dos ambientes, cuyas deposiciones no las puede levantar ni la grua del A.C.A, lo lamento por vos. Salí con una pala mecánica y después baldeame la vereda.
La próxima vez que te vea poniendo cara de boludo mientras tu pichicho deja un caminito de caca sobre el espacio que nos es común, prometo levantarlo yo misma y untártelo por toda la extensión de tu cuerpo humano.
Estás avisado, después no preguntes. 


 

teenangels

Tengo que admitirlo. A pasitos de la treintena me encuentro con más y más asiduidad pensando cosas dignas de mi madre. No hay nada que hacerle, estoy vieja... vieja y chota.
Los púberes imberbes me inflaman la paciencia. Tienen una facilidad para provocar la germinación de mi poroto intolerante que ni te cuento. 
El fin de semana estuve rodeada de algunos especímenes.
Y estuve a punto de ahogar a una sumergiéndole la cabeza en el inodoro. No es que me haya hecho algo. Esa era la única manera de que saliera del baño, donde pasó tres cuartas partes de la tarde frente al espejo. El tiempo restante lo utilizó para sacarse fotos, inclusive con mi perra, a la que perseguía y retenía mientras hacía muecas frente a cámara. Debo suponer que la pobre se ha convertido en un perro flogger.
Creí que la susodicha era mudita, pero me equivoqué. En cierto momento abrió la boca para emitir un chillido ensordecedor dirigido a su madre porque no la quería llevar a no sé dónde. Pataleó, lloró y aulló como un animalito a punto de ser degollado. Y la madre... nada.  Y el padre menos que nada.
Ahí me germinó el poroto.
A tono con esta situación, días atrás viajaba en un transporte público e intentaba leer. Intentaba, porque detrás mío se apropicuaron dos adolescentes tardías cuyo tono de voz superaba al ruido del motor del bondi. Entre la multitud de "tipo que" y "bolah" que proferían, una llamó a la madre para pedirle que le preparara la comida. No, me corrijo, le exigió que lo hiciera. Quería milanesas. Con ensalada. 
"Hacete una ensaladita. ¿Cómo que no hay? ¿Tomate no haaay? ¿Y rúuucula?"
Yo no sé si los progenitores se cansaron, no les importa, o qué. Pero -y aquí viene el viejachotismo- cuando yo tenía esa edad, si llegaba a hacer ciertas cosas se armaba la de san quintín. O, en una frase de manual: esto en mi época no pasaba.