tres tristes postres

Vas a comer afuera. Las almas gordas solemos disfrutar de tooooda la comida, pero tenemos especial predilección por el final de la misma: el broche de oro, la frutilla de la torta... o sea, el postre.
Aunque estés a punto de reventar siempre hay un lugarcito para algo dulce (y por las bombachas de Fortuna, ¡que las publicidades no me vengan a querer convencer de que un yogurt laxante se puede convertir en postre!). Pero personalmente, y esto no sé si lo podré compartir con alguien porque es una de esas manías inexplicables que tiene una, hay postres que jamás pediría en un restaurante (y casi que no comería en ninguna ocasión). 
No es porque sean feos, no es porque carezcan de la suculencia (?) que debe tener todo postre que se precie de tal; simplemente es porque de sólo verlos sobre un plato me deprimen.  Son postres TRISTES.
Aquí el top 3 (y aclaro que no incluyo a la reina de la tristeza, la gelatina, porque ese liquidito de nada no puede ser considerado postre en ningún lugar del universo).

El queso y dulce.
Batata+máquina o membrillo+fresco, o haga la mezcla que se le ocurra, el queso y dulce es un postre "tradicional", como el mate ponele. Pero ¿alguien se preguntó por qué se llama "vigilante"? Porque no hay postre más amargo, mala onda y carente de gracia. Con ese nombre no hay más nada que agregar. 

Duraznos en almíbar.
En serio, ¿a quién catzos se le ocurre pedir una copa de duraznos en almíbar en un restaurante? Un "postre" cuya preparación consiste en sacar un durazno de una lata y meterlo en un recipiente sólo puede servirse en una mesa familiar, en tu casa, esos días en los que te morís por comer algo dulce pero no querés seguir engordando cual pavo de navidad. No es que los duraznos en almíbar sean muy diet, pero siempre son preferibles al cuartito de helado de la heladería amiga (sí, esa en la que ya deberías tener acciones)

El almendrado
El almendrado, y su prima menor la casatta, postres que por alguna razón están presentes en todas las fiestas navideñas y findeañescas desde que tengo uso de razón. En los restaurantes generalmente los compran para esas fehcas y luego se los van encajando a los pobres diablos que lo piden en julio, sin saber que están comiendose al fantasma de las navidades pasadas.
Imposibles de adornar, presentar y que queden más o menos lindos. Siempre serán un cacho de helado cuadrado sobre un plato. Triste, moooy triste.

4 comentarios:

  1. 100% de acuerdo!

    Cuando uno sale a comer afuera, el postre debe ser suculento e inusual, sino no vale la pena pagar por comer algo que comeríamos en casa. ¿O no?

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  2. Te banco de acá hasta Miami Beach! Comiendo afuera, no se baja del brownie + helado + lo que sea o el volcán de chocolate!
    Cuánta sabiduría y calorías injustificadas encerradas en este post!
    Un beso

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  3. Bella Eso mesmo digo yo. El otro día se lo quise hacer entender a Concubino (rey del queso y dulce) y un amigo de él (que se pidió duraznos en almíbar, por dior) pero no me comprendían... por eso vine a buscar apoyo moral al blog, ¿vio?

    Ann Seeeeh... Una buena copa, de esas que tienen el nombre del restaurante y generalmente traen todos los ingredientes supercalóricos que el cocinero encontró por ahí. O el volcán de chocolate, el monarca de los postres.

    Me retiro, no puedo seguir hablando de este tema porque terminaré atacando el pote de dulce de leche de la heladera.

    besos

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  4. Blogger se robó los comentarios del post. ¡Exijo que me los devuelvan! ¿Para qué pago yo mis impuestos? ¿Eh?

    Aclaro, por las dudas, que todos los comentarios apoyaban mi teoría de los postres tristes. Sepanlón.

    Saludos

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