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postales de paz

El viaje de vuelta estuvo cargado de tristeza. Esa tristeza singular que nace del tiempo que sabemos bien aprovechado, palmo a palmo, con los ojos perdidos en el ruido de un arroyo, en las manos sucias de un hijo, en la respiración pausada de ese que siempre anda por la vida rapidito.
Esa tristeza del volver a la ventana que sólo sabe dar a otras ventanas. Tristeza gris, monónota; de ciudad que encima llueve. La muy pedante.
Y aunque en las venas me corre un poco de cemento. Y aunque no concibo una vida alejada de este ruido infame de bocinas, de caras de culo a granel, de lucecitas a toda hora, qué bien vienen las cuotas de otro mundo. Como globulitos homeopáticos de paz. 
Un tratamiento de sólo cinco días. Y volver alegre, y tranquila, y triste al mismo tiempo. Después de haber saludado a los pajaritos que nos vinieron a despertar todas las mañanas, al arroyito que nos enfrió las manos y nos calentó un poquito el alma, a los animalitos que solemos ver desde la ventanilla, ahora pastando por ahí en el "patio". 
Volver, después de haber tenido todo el día, completo, para mí, a esos dos atorrantes que hoy veo de a ratos. 
Volver, pensando en regresar. A la casita de las sierras. Al arroyito. 
Ya será. 
Mientras tanto, me quedan los recuerdos, y algunas postales. De la calma, de la felicidad. Esa cotidiana. De las cosas chiquitas.
La única que vale la pena. 

descenso y resurrección

Por estas épocas en la casa de mi infancia se "bajaba la ropa de verano". Por falta de espacio, o exceso de prendas (o ambos) no había manera de tener toda las vestimentas estacionales juntas en un mismo placard. Entonces, con una paciencia oriental, madre sacaba las cajas rotuladas que se amontonaban en las partes elevadas de los armarios en cada cambio de temporada,  para intercambiar su contenido por el que había en perchas, cajones y estantes.
La fecha elegida para el descenso y resurrección de la ropa de verano era fundamental. Un error de cálculo y podíamos andar en chancletas un día de nueve grados. O seguir de manga larga a pesar del enrojecimiento de los termómetros (y los cachetes).
La ropa que bajaba siempre tenía olor "a encierro": esa mezcla de jabón seco, falta de oxígeno, oscuridad y naftalina que queda en las prendas después de un largo descanso a la sombra. 
Bajar, sacar, ventilar, doblar y volver a guardar. Un proceso que se repetía dos veces al año, religiosamente. Como el armado del arbolito y los huevos de pascua. 
Un rito que, por fuera del calendario, nos preparaba para las vacaciones; o para el frío y las sopas. 
Y que hoy, por exceso de espacio o escasez de ropa, ya no repito. Pero que vuelve lo mismo, en ese saco pesado y en desuso que cada invierno retorna a la luz, y carga entre las arrugas ese olorcito tan particualr a jabón seco, falta de oxígeno, oscuridad y naftalina...

agua

Durante toda mi infancia viví sobre la Avenida Juan B Justo. En ese preciso lugar de su extensión en el que dos gotas de lluvia la convierten en un río ancho y oscuro.
El agua sube: sin premeditación, pero con alevosía. Recuerdo el apuro, y los medios insultos que profería la boca de madre si el agua nos encontraba del lado de afuera de la puerta. Porque madre dice "la punta del muelle", aunque se haya terminado de dar en el dedo con una masa. Y recuerdo los insultos completos de padre, que pensaba en sus autos, ya de por sí destartalados, flotando a la deriva, convertidos en submarinos.

Se volvía, si se podía. Con el agua a las rodillas, pero antes subiendo por la escalera del bondi. Y todos arriba a la espera de que el colectivero fuera un poquito más allá, un poco más cerca de esa (tu) casa, repentinamente veneciana.
Y si no se podía, nos recibían los abuelos de Once. Los que cenaban café con leche y sandwiches de jamón. Porque la otra abuela, la polaca, que cocinaba cosas ricas, vivía en el sur, y ella también andaba con agua.
¿Ahí hay agua? Es la frase que seguimos usando. Porque madre, que ahora vive con la abuela polaca, sigue sufriendo con cada sudestada. 
Como suegra, que del otro lado de mapa, reza para que su casita siga intacta. 

Y nosotros, que andamos por el medio, ahora somos refugio cuando hay agua. Esa  que limpia, revive y cura. La misma que arrasa, destroza y pudre. 
El agua, esa rebelde que baja como sube: sin perdirle permiso a nadie.

recolectora

Juntar, rejuntar, amontonar. Llámelo coleccionar, si le quiere dar visos de elegancia a su manía de acopiar cualquier basura que encuentra por ahí, y que sigue guardando durante años sin saber bien para qué, pero que se niega rotundamente a arrojar al incinerador porque "le da cosita".
Si me remonto el las aguas del tiempo (?) me doy cuenta que el que rejunta se hace basusrero de chiquito. Al ir avanzando por el camino de la vida en algún momento se encontrará con una bifurcación, y allí deberá elegir: entre seguir apilando porquerías o dedicarse a alguna otra cosa (igual de inútil, no se haga el interesante).
Yo, definitivamente tomé el camino de la recolección.
Algunas de ellas:
Figuritas: de Raimbow Brite y Frutillita. Algunas de estas últimas venían con olor (que a veces reconoczco en el perfume de ciertos locales de ropa) y por eso valían más en el intercambio. También recuerdo las Basuritas, aunque las autoridades de mi colegio las prohibieran (por lo que constituían una especie de mercado negro escolar, toda una rebeldía a los 10 años).
Stikers. Nunca en la vida utilicé ninguno de los stikers de la colección, que quedaron pegados en el álbum fabricado a tal fin. Los más valiosos eran los de felpita, que además se pegaban y despegaban con más facilidad que los truchos (esos que dejaban resabios de papel por todos lados).
Papeles de carta. Recordé esta colección gracias a una amiga de la casa. Como sucedía con los stikers me daba lástima usarlos. Y, cuando me dejaron de dar lástima, ya nadie mandaba cartas (y menos con la cara de Hello Kitty). Por eso todavía conservo algunos, que le legaré a mis hijas (?)
Chupetes. Esto más que una colección era una moda horrenda. Se trataba de unos bodoques de plástico de diverso tamaño y color (con forma de chupete) que las niñas se colgaban en el cogote cual cencerro. Cuanto más chupetes, más piola eras, supongo. Una verdadera porquería.
Tarjetas de boliche Ya estaba grande. Ya iba a bailar y me juntaba en un local de comidas rápidas para hacerme la tarjetera. Hacerme digo, porque lo único que hacía con las tarjetas era guardarlas. Aún las conservo. Hay algunas con unos diseños muy buenos, y hay algunas que la verdad son un vómito. Pero de tirarlas ni hablar.
Cajas de cigarrilos No sólo ya era grande, sino que había comenzado a fumar. Tengo una caja llena de cajas de Camel, de esas de edición limitada. No las puedo tirar porque me gustan, pero tampoco las exhibo ni mucho menos. O sea, no sé para qué las tengo.
Entradas y programas. Las entradas de cine dejaron de tener sentido, porque ahora son todas iguales, pero sigo juntando las de teatro, recitales y demás eventos. Soy la que estorba siempre al grupo al grito de "guardame el programa". La joya de mi colección: el programa de Drácula firmado por sus protagonistas. Lo veo y se me caen las lágrimas.
Monedas y billetes. Una colección que da lástima, por lo escasa, pero que aumento cuando puedo. Ahora ando en busca de las del bicentenario. Las joyas: una moneda cubana con la cara del Che, un billete de plástico brasilero, y una (creo que) oriental que tiene agujerito en el medio.
Postales. De esas que se dan gratis en los restaurantes. Podría empapelar una pared con todas ellas. Pero no, como todo el resto, están perfectamente guardadas en una carpeta.
Y así sigo, juntando, recolectando, amontonando. 
Inútilmente, pero con pasión (que es lo que cuenta).


Y usted, ¿qué camino tomó cuando niño? ¿El del rejunte indiscriminado de porquerías? ¿O del otro lado de la pila: ese lugar más desierto y más monótono... pero mucho más fácil a la hora de las mudanzas?
Cuente sin tapujos.
Soy Mate: lo escucho.



(Nota: tanto el contenido del presente post como su remate no serán utilizados por los lectores maliciosamente para tratar a la que suscribe de vieja chota. Un poco de respeto por sus mayores, caracho.)

Reeblock (o filosofía de la zapatilla)

Me quiero comprar un par de zapatillas. No las necesito, tengo varios pares, y además,en lugar de zapatillas debería comprarme zapatos de "señora de mi edad". Ya no puedo ir a las reuniones laborales vestida de "sport". Mi madre siempre me reclama mi falta de ropa formal. Pero odio la ropa formal, y odio esa idea estúpida de que una es mejor empleada porque usa trajecito.
La ropa de "señora seria" me queda ridícula, más bien me hace sentir ridícula.
Pero en este mundo prejucioso y medio imbécil, la ropa le dice al otro, que podría convertirse en tu jefe o tu cliente, si tenés experiencia, sos responsable, proactivo, y todas esas palabras que le gustan a los de recursos humanos. 
Es una declaración de pertenencia.
Como las zapatillas. Porque esas zapatillas que me quiero comprar  me gustan desde que tenía doce años.
Mis padres, clase media colgando de la cornisa, no tuvieron mejor idea que enviarme a un colegio privado. Privado y muy pipí-cucú. Pagaban la cuota a base de lágrimas de sangre con la convicción de que el esfuerzo valdría la pena.
La cuestión es que, en ese entonces, me importaba bien poco el legado educativo que me estaban brindando. Yo era una niña clase media colgando de la cornisa, entre otras niñas de clase más que acomodada. Niñas que consumían en base a sus posibilidades, a todas luces muy alejadas de las mías.
Entonces siempre me sentí descolocada. Era la que se iba todas las vacaciones a Mardel Plata (¡verano e invierno!), y sabía lo que era playa bristol, mientras que mis compañeras el único Bristol que conocían quedaba en Gran Bretaña. 
Vivía en un departamento mínimo, y no tuve teléfono hasta  sexto grado. A los ocho años, un proyecto de conchuda vino a mi casa y al día siguiente le comunicó al resto de la clase que yo vivía en un nido de ratas (sic). Demás está decir que nunca más invité a nadie.
Así sobreviví, sintiéndome una intrusa, tratando de amoldarme, y no pudiendo.
Porque se me notaba la pertenencia a otro lugar.  ¿Cómo? Y, por ejemplo, en las zapatillas.
Como dije, a mis doce aparecieron esas zapatillas. Y pasaron a ser parte del uniforme: del que usábamos en las clases de gimnasia, pero también de ese por el cual las adolescentes se visten todas iguales.
Obviamente trasladé mi pedido de zapatillas a la mode a mis progenitores al grito de "soy la única tarada que usa Toppers". 
Mis padres sabían perfectamente que comprar esas zapatillas era un gasto que no se podían permitir. Pero tambien sabían que las zapatillas eran mucho más que calzado para mí.
Entonces, un día, mi padre apareció con una caja de zapatos. No lo podia creer. 
Al ver la bolsa pensé: me compraron LAS zapatillas. Y salté de alegría.
Hasta que la abrí.
Me habían comprado una imitación de LAS zapatillas, obviamente mucho más económicas. No se parecían ni de lejos y ostentaban la marca "pirulo" a todo color en el costado. Para que no quedaran dudas. Después supongo que dejaron de usarse, y jamás me las compré.
Creo que por esa misma época entendí que por más esfuerzo que hiciera siempre iba a desentonar un poco entre mis compañeras, pero que quizás eso no estaba tan mal después de todo.  Que un par de zapatillas decían muy poco de mí misma, lo mismo que hoy un trajecito, y que el que me juzgara sólo por eso no merecía ningún esfuerzo de mi parte.
Por eso, ahora que lo pienso, ya no sé si no me compro las zapatillas porque no las necesito, o por una especie de cuestión de principios. 
Como una forma de lealtad a esa que aprendí a ser, a base de llevar como bandera un par de zapatos pirulo.

la peor madre del mundo

Mi mejor amiga tenía la peor madre del mundo.
No es que la maltratara o no la quisiera. El problema era justamente el contrario: la mujer estaba convencida de que su hija era perfecta. Sin ambigüedades ni metáforas: per-fec-ta. 
Sé que mi afirmación puede sonar ridícula, pero por experiencia conozco los desajustes mentales que produce el deber permanente de llegar a la perfección. Lo sé porque mi madre compartía esta convicción, pero la madre de mi mejor amiga estaba mucho más loca.
Con los años y los golpes uno termina aprendiendo que es posible equivocarse y el mundo no se termina. Que, aun haciendo las cosas bien, se puede quedar en el anonimato o ser del montón. Y el planeta sigue girando.
Pero hacen falta años. Y muchos golpes.
En estos días de bicentenarismo, gritos de libertad, escarapelas al viento, versiones del himno en ritmo de cumbia, rock pesado o percusión con botellas rellenas de chapitas, no puedo más que recordar los actos del colegio: esos eventos en los que madres y maestras sacan a relucir su idoneidad como directoras de teatro o de orquesta, y que obliga a los pequeños a demostrar dotes actorales y/o musicales de las que el 90% de los susodichos carece.
Y en esos actos, la primera imagen que viene a la mente no es la mía, sino la de mi amiga, y su madre.
Su madre que creía ver en la niña a la próxima Andrea del Boca, y se había instalado una carpa en el patio del colegio para salir en su defensa ante el más mínimo atisbo de que sus talentos no fueran debidamente reconocidos por los maestros.
Como dije, mi madre no estaba tan loca. Es cierto que iba por la vida diciendo que yo servía casi para cualquier actividad (desde actuación hasta salto con garrocha) y me hacía ensayar mil veces la letra (aunque ésta se limitara a gritar “viva la patria”) pero nunca se le hubiese ocurrido ir a hablar con la maestra porque no me daban un papel protagónico.
La madre de mi mejor amiga sí. Y lo conseguía.
Entonces era su hija la que gritaba primero “viva la patria”, cantaba el solo, o tocaba el redoblante en primera fila.
Era su hija la del mejor disfraz. Ese con miriñaque de verdad, mantilla y peineta, que salía dos millones de dólares.
Era su hija la que ostentaba joyas reales, aunque hiciera el papel de aborigen, o la que estaba pintada como una puerta, más parecida a una vedette de la calle corrientes del 1800 que a una dama antigua.
Y mientras los demás niños abrazaban a los espectadores emocionados, entre felicitaciones por haber dicho “empanadas calientes” con tanta gracia, siempre era su hija la que salía llorando.
Porque se había olvidado la letra, porque había desentonado, porque la habían aplaudido poco.
En fin, porque no había sido perfecta. Como quería su madre.
La madre de mi mejor amiga, que en ese momento, era la peor madre del mundo

dotor, me duele acá

Ella dijo tumorcito, con la liviandad que tienen los médicos para decir ciertas cosas.
Ella dijo tumorcito pero podría haber dicho grano. Ponele.
Porque vos decís tumorcito y por más diminutivo que le cuelgues, la gente se asusta, se pone blancapálidaquemevoyadesmayar, como hizo concubino.
Y no interesa que después digas inocuo, benigno, o cualquier otro adjetivo tranquilizador.
Ella dijo tumorcito (en mi cerebro, dónde más, oh niña migraña) y concubino se puso blancopalidoquemedesmayoacá. Yo no. Yo me reí.
Porque a la vida hay que elogiarle el humor. Y porque de repetida, esa palabra no me suena a nada.
Es, como muchas, una cuestión de semiótica.
Haga la prueba: diga tumorcito varias veces seguidas. En algún momento la palabra perderá el sentido, la profundidad, el cuerpo.

Hasta que un mar de lágrimas le cambien la perspectiva, y le desarmen el discursito de superada. Porque cuando él me abrazó, temblando y llorando, en la vereda, lejos del antiséptico lenguaje de consultorio, tumorcito no me dio miedo, me dio bronca.

Y si me acuerdo de estoy hoy, es porque estoy enferma hace tres días. Y yo… "yo no me enfermo nunca". Otra de mis frases de cabecera.
Obviamente, no soy inmune a los virus. Ni al dolor. Pero lo resisto, lo ninguneo como si no estuviera.
Lo ninguneo porque me cuesta soportarlo: a mi dolor doliendo en otra parte. Por ejemplo, en unos ojos llenos de lágrimas. 
Eso me molesta. Me duele, bah. Pero que no se entere nadie.

caramelos al frasco

La abuela ha sido creada para malcriar. Eso dicen los que saben, y los que no saben... son jefes. 
En fin. Mi abuela paterna se malcriaba a sí misma, porque lo que es a sus nietos, andá a cantarle a Gardel. 
La otra, en cambio, llegaba a casa y todo era una fiesta. Recordar las visitas de mi abuela materna en plena infancia, es sentir brubujas de Redoxón haciéndome cosquillas en la nariz. Por lo visto la abuela no confiaba mucho en la alimentación que me propocionaba mi madre. Cada vez que venía, sacaba dos o tres de esos envases cilíndricos de metal llenos de pastillas naranjas. Y a mí, que no entendía nada de vitaminas y minerales, me encantaban. Además, el tarrito era muy apropiado para jugar y hacer ruido metiéndole alguna cosa adentro. 
Sin embargo, lo que más esperaba eran las golosinas. No por los dulces en sí mismos, sino por las sorpresas que venían adentro. Hablo del chocolatín Jack, que aún tiene vigencia, aunque los muñequitos son espantosos (y ni me imagino cuando uno abra el envoltorio y se encuentre con una mini réplica del dueño de la fábrica). Pero más que nada, hablo de una golosina de la que ni siquiera recuerdo el gusto, pero de sólo nombrarla se me dibuja una sonrisa. Y que si existe no quiero saber en qué estado.
El paquete, de papel bastante berreta, venía infladito como si escondiera grandes creaciones, juguetes soñados. Y romperlo para ver qué guardaba era un momento de esos que sólo abundan en la infancia (y en la adultez, si uno conserva la capacidad de sorprenderse aún ante cosas pequeñas.) 
Hablo del queridísimo Topolín. Un ratón elegante, que como Pérez, nos alegraba el día ,¡y sin pedir ningún diente a cambio! (por lo menos no en el momento, las caries por exceso de topolín corrían por nuestra cuenta).

 

y yo, ¿qué tenía que hacer?

En mi colegio, una especie de servicio militar encubierto, a partir de quinto o sexto grado nos obligaban a llevar una agenda. 
Agenda que uno debía comprar en el colegio mismo (entre otros millones de objetos grises, horribles y decorados con el logo inmundicio de la institución).
Un libraco anillado de dos toneladas que no hacía más que aumentar el peso de una mochila imposible de cargar por un púber imberbe.

El objetivo era enseñarnos el orden, la organización personal.
A ser básicamente, personas eficientes y útiles a la sociedad.

Como otros tantos aprendizajes, ese te lo debo.
Mi agenda decía cualquier pavada. Estaba llena de dibujos, papeles, servilletas con las que se había limpiado las fauces el chico que me gustaba, boletos de colectivos capicúa.
Una verdadera porquería.

Yo siempre confié en mi memoria. Y me iba bastante bien.
Hasta que a la señorita se le ocurrió rebelarse. Y ahora, se hace la selectiva.
Hoy puedo recordar estupideces de toda laya (como la lista completa de 5to grado A), pero no me preguntes qué tenía que hacer en el día, porque no tengo la más mínima idea.

Por eso, ahora me compro agendas.
Agendas muy lindas, maleables, coquetas. Livianitas.
Agendas que lleno de pavadas: de papelitos con números telefónicos que después no recuerdo de quién son; de entradas de teatro; de garabatos que hago mientras hablo por teléfono.... de  ideas brillantes que nunca llevo a cabo (porque no son taaan brillantes).
En fin, agendas que son absolutamente inútiles.

Por suerte dejé de recolectar servilletas roñosas.
Algo es algo. ¿No?


postal

Sólo nuestros ojos, a medio vestir de bufandas y de gorros y de arruguitas, que acá también abrigan.

Él está un poco más expuesto, estirando el cuello para calcular el ángulo correcto. Un brazo sobre mi hombro. Resguardándome, no sólo del viento helado.
El frío, que no se ve, cala los huesos. Aunque si te fijás un poco, está ahí, quietito y saludando, en esas miradas fijas en el lente que susurran a vivía voz: terminemos con esto y sigamos camino.
Sacarse los guantes resulta un incordio. Y ya lo sabemos: gato con guantes, fuera de foco.
Pero después de varios intentos, ahí quedan nuestros ojos, a medio vestir de polar y lanas de la abuela. Y toda ella detrás, sólo con su traje de luces. 
Ella que no tiembla ni un poquito, o yo no me doy cuenta.
Y debajo del caparazón mullido, dos sonrisas. Aunque no las veas. Amplias, inmóviles, como de hielo.
Pero no, porque siguen ahí mucho después del frío.
Mucho más lejos.





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Este post es responsabilidad de perez y jose, que en plena preparación de sus valijas me hacen viajar a mí tam bién.